miércoles, 15 de septiembre de 2010

Rauda fragmentación de Solano.


-Es una vida de mierda, cholita. Una vida de mierda.

Solano vuelve a prenderse fuego en un cigarro; enseguida, acomoda sus nalgas y cruza las piernas lentamente, como queriendo impresionarnos, pero nosotros no nacimos ayer, Solanito, nosotros sabemos que tú hablas de vidas no vividas. Eres, Solanito, pues, un muerto más, y esa sí es una vida de mierda.

-Es una vida de mierda, Viviana. Una vida de mierda.

A Solano le excita arrugarse la frente, encender la mirada, jugar con el ceño profundo. Él fue desde pequeño un niño mimado con ganas de salir adelante y, algún día, contar sus historias a jovenzuelos descarrilados, y traerlos a bien de nuevo. Nunca logró acercarse a acercarse a lograr su meta. Él, desde pequeño, entre cada sueño y cada “ya vendrá”, entre cada karma perdido, como quien no quiere la cosa, se dejaba corromper por el vicio, por la ilusión, por el sueño de ser ejemplar. Después, entre champagnes y vaginas, volvía a pensar en una buena frase, algo que quedase para Wikiquote.

-Vida de mierda, te digo. Ay, Viviana… ¡Y cómo duele!

Entre un libro de Spinoza y otro de Unamuno, Solano se quedaba con las tremendas fotos de Vanessa Tello, colgadas en Facebook por otro vibrátil mancebo. Solano, en esos sus diecisiete, se creía grande. Spinoza y Unamuno, después de todo, lo fueron. Solano, paradójicamente, siempre convencía, pero nunca pudo vencer.

-Viviana, tú sabes que esta es una vida de mierda. Lo sabes, ¿verdad, tú?

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