
"Temer al amor es temer a la vida, y los que temen a la vida ya están medio muertos".
Bertrand Russell.
Eugenio Tripas le cantaba canciones a su esposa. O eso me contaron. Me contaron que Eugenio Tripas, los jueves por la noche, cuando el frío dejaba de serlo para convertirse en hambre, le cantaba, con su vocecita toda ronca, a su Esther, esas canciones casi country, esas de estribillo veloz y vivaracho, en reemplazo, seguramente, de la carne que vendría a la quincena. Esther le sonreía como pan en el horno.
Eugenio Tripas –o eso me contaron- le cantaba canciones a su esposa los jueves por la noche fría y hambrienta. Y me contaron también que Esther tenía mantas gruesas y una afición por los perritos abandonados. Esther era hermosa; Eugenio, viejo. Eran tiempos arrugados para todos.
Octubre pendía, asustado, en el altarcito de Eugenio Tripas. Hace unos meses que octubre seguía, con demasiado miedo y culpa para largarse. Hace unos meses que el tiempo se había detenido y que Eugenio Tripas cantaba la misma canción. Hace unos meses que un grito recorría la cabaña.
Eugenio Tripas sabía, por ese tiempo congelado, que nadie podía siempre obtener lo que quisiese. E, incluso si lo conseguía, sería un triunfo momentáneo. Eugenio Tripas entendía la filosofía del perder. Eugenio Tripas, con sus pocos dientes, era un sabio del dolor más fuerte.
La cabaña de Eugenio Tripas era un hotel de espectros. Sombras iban y venían y escuchaban música casi country. Nunca Eugenio Tripas dormía solo. Pero quién entiende los misterios de la soledad. En esa cabaña, en ese octubre, lo que Eugenio respiraba era el hálito de otros. Esther, entre esos otros, de noche, mecía su hambre y frío con ternura mortuoria.
A Eugenio, el corazón constantemente se le escapaba. Se le iba a veces y no volvía en quincenas. Una vez –según me contaron-, Esther lo encontró en el bosque, mordido y lloroso. Esther trajo a casa un espejo. Esther entendía la filosofía del amor más puro. Eugenio Tripas, al ver a Esther con el herido en brazos, se echó a reír, y abofeteó a su esposa. “Nena… ¡Que no hay carne pa’ tantas bocas!”.
¿Por qué se me paró el octubre? ¿Por qué la lluvia ya no cae, sino que se estanca en ventanas rotas?
En silencio, antes del quiebre, Eugenio Tripas se sentaba a charlar con su corazón abatido y mochilero. Este le contaba sus viajes por Oriente, sus encuentros con famosos, la vida más allá de la cabaña. Le contaba del misticismo incaico, de la bohemia parisina, de los hombres muertos y de los africanos por morir. Eugenio Tripas lloraba con el relato y le acariciaba. Su corazón, solo entonces, se callaba y esperaba la ronda de preguntas y el reproche: que por qué te vas sin avisar, que por qué eres tan pendenciero, que y si te matan, que qué hubiera sido de ti si Esther no te encontraba, que algún día tendrías que devolverle el favor. Que algún día tendrías que devolverle el favor. Que algún día le devolverás el favor.
Eugenio Tripas, cuando tiene hambre, compone la misma canción para Esthercita. Luego, baja y se la canta con alegría inerte. Luego, baja y se la canta como quien reza en un velorio. Luego todo el mundo baja y sube sin saberlo, impulsados por su tristísima metafísica, como las sombras que son.
Eugenio Tripas y Esther de Tripas no siempre habían vivido en una cabaña. Ellos, ellos no siempre habían tenido hambre. Ellos eran irlandeses. Ellos venían de buena familia. De pequeño, en matemáticas, Eugenito Tripas se sacaba puros veintes. La madre de Esther le recordaba siempre lo bellísima que sería cuando Primera Dama. Eugenio Tripas había prometido, en la cuarta cita, el mundo a Esthercita y más que el mundo. Eugenio Tripas, however, nunca indicó que el mundo sería una cabaña sucia y un par de úlceras recalcitrantes. Esthercita siempre nunca dejó de verse hermosa. La cabaña, cuando menos, nunca dejó de ser dulce. La quincena -aunque a veces no- siempre llegaba. Ellos eran irlandeses de buena familia. Ellos lo tenían todo a su manera. Esther tenía un Eugenio; Eugenio, una Esther. Y la cabaña tenía sus espíritus y su aventurero. Eugenio Tripas y Esther de Tripas no siempre habían vivido en una cabaña. Antes, habían parado de refugio en refugio buscando un dulce hogar en donde pudieran, con más ternura, engañar al hambre y al frío.
La noche antes del incendio, Eugenio Tripas había ido por primera vez a Misa. Cuando volvió, fuego, fuego, fuego. Tanto fuego como amor, Eugenio Tripas se internó en el infierno buscando a Esthercita. Las llamas. Ni las llamas más candentes pueden quemar a un cuerpo sin alma ya. Oye, fuego, soy yo, Eugenio Tripas, y te exijo que liberes a mi amada. Pero el fuego no le prestaba atención. Ah, Eugenio, está caliente. Sálvame. Sálvame te lo ruego, porque yo ya no siento mi rostro. Algo me corroe estas manos que buscan las tuyas con tanta vehemencia. Deja que el humo que desprenden mis ojos te encuentre, para verte por última vez y decirte que siempre fui feliz a tu lado. Ah, Eugenio, veo cenizas donde deberían estar mis piernas. ¿Qué está pasando, Eugenito? ¿Y por qué no vienes tú? Entiendo que ya es muy tarde. Mira, que mi boca está en el suelo, quemada. Hace calor por fin aquí dentro, mi vida. Tanto calor que apenas me siento viva. Eugenito, Eugenito, cuánto me hubiera gustado un pequeño, con mis cabellos y tu apellido, para que, contigo, animara las noches sin comida. Pero ya es tarde. Ya no queda piel de mí ni nada. Pero yo sé, picarón, que me seguirás cantando esas cancioncitas cursi solo para coquetearme. No temas hacerlo, Eugenio. Cuando Eugenio Tripas llegó a la mecedora, fuego, fuego, fuego y cenizas. Fuego. Solo hay fuego aquí, carajo.
Es una vida de mierda, Eugenito. Y tú le sigues cantando al vacío con tu vejiga llena. Sabes que ningún bombero vino, sabes que la misma lluvia lo apagó todo y se quedó allí para recordarte su hazaña. Sabes que nada dura, solo aquel octubre, y que todo, de una manera, se pudre antes de florecer. ¿Por qué, pues, sigues cabalgando el potro sangriento que es la realidad? Lánzate y deja que el suelo parta tu cráneo para que lo olvides todo. ¡Lánzate y renuncia, viejo imbécil!
Pero te entiendo, Eugenio Tripas. A Esther no le gustaría eso. Eres todo un picarón. O eso me dijeron.