miércoles, 28 de julio de 2010

No lo acepto


Al contemplar la devastación en que se hallaban las esperanzas que tenía por alcanzar mis grandes ilusiones, escribo esto.


¿Es justo que en un día se pueda tirar por la borda diez meses de espera paciente? No, es completamente injusto. Casi tanto como la negativa del destino a devolverle la confianza depositada a una persona –a la sazón– muy especial para mi.

Era agradable encontrarnos en el parque... No es cierto, solo una vez lo fue; las otras dos salidas fueron fingidas por ambos, los dos heridos y con una desconfianza que crecia desmesuradamente... hasta que no dio para más y ocurrió lo que tenía que ocurrir: En una aciaga tarde lluviosa, yo terminé solo.

Lo he pensado tantas veces, cuantas horas de vigilia he gastado frente a un cuaderno y lapiz en buscar una causa coherente al desastre. ¿Con que intenciones pudo ir a denunciarme ante ella alguien con quien tarde o temprano habría un enfrentamiento? Él ganó, y yo perdí todo lo alcanzado. Mis ilusiones tuvieron un remezón eterno que concluyó con su destrucción.

Ahora para ella yo tan solo soy un cadaver, un cadaver al cual no se le habla ni contesta, solo se le mira con desprecio.

Cuantos esfuerzos hice yo para revertir esta situación, todo lo que estaba a mi alcance y más inverti en que al menos ella vuelva a confiar en mí. No accedió al pedido, casi suplicandole una respuesta me la dio tácitamente: no gracias.

Si bien las posibilidades de que todo vaya bien para mi cortejan con el cero por ciento, no iba a aceptar mi derrota, ni ahora ni cuando se ponga peor.

lunes, 26 de julio de 2010

Solo para decirte...

Que ya me parecía raro todo esto
Que me sentía incómodo
Que si jugaste una vez conmigo, fui un idiota al pensar que no lo estabas haciendo de nuevo.
Que si un día no te gustaba, al otro día no ibas a cambiar de parecer
Que al menos quería terminar bien contigo
Que no sé si te quería y no sé si decías la verdad al decir que me querías

Ya decía yo que esto era imposible, pero no terminaba de creérmelo.

Ahora soy de nuevo el hazmerreír, gracias

Alguien me dijo que no te gustaba, que sería muy iluso el pensar eso... No sé si es verdad o no. Eso solo lo sabes tú.

No creo en los cuentos de hadas, pero pensé que estabas siendo sincera.

Mi impresión es que querías burlarte de mí de nuevo. Dime, ¿Es eso verdad? Porque no termino de creérmelo...

(Esta es la primera de una serie de cartas que publicaré)

viernes, 23 de julio de 2010

La pequeña Valdivia.



LA PEQUEÑA VALDIVIA.

A Diana Giselle Valdivia Gonzales, porque yo no sé el porqué esta historia, pero espero que nunca pase de un par de paginillas. Y a Nina Li y a Ivana Li, porque sin ellas ya no hay literatura y porque se reirán de esta seriedad innecesaria. Y a todos los cegados del amor, como muestra de mi más sentido pésame.

“Love loves to love love”.

James Joyce, Ulysses

***

Hay gente que colecciona estampas. Hay gente que vive del campo y que al campo regresa hecha abono como para agradecerle o yo no sé. Hay gente linda que se fija en lo simple, y daría la vida por lo simple, porque encuentra en lo simple la llave clave para vivir. Hay gente bella que cocina para ser feliz porque le gusta comer, le gusta cocinar, y le gusta ser feliz. Hay gente que es gente solo de palabra. Hay gente que es gente solo de letra. Y hay gente que no es gente.

Entre esas gentes -malas y buenas, chúcaras y corajudas, bravías y de etiqueta-, hallamos a la pequeña Valdivia riendo sin motivo. Ella se está toda quieta, apretujándose los labios con las manos como si reír fuese algo prohibido. Nadie sabe qué le causa tanta dicha y, diciendo la verdad, es cosa que a pocos le interesa. Pero ella ríe y de eso trata la historia. A por ella.

La pequeña Valdivia, si bien es pequeña, no es tan pequeña como digo. Ya se lleva un poco menos de quinto de siglo pero se ríe sin motivo y de allí entonces que se le crea tan pequeña como (no) es. La no tan pequeña Valdivia está enamorada de un viejo que, si no es por lástima, no sé por qué la próstata no se le malogra. Le lleva no más de tres años, pero su espíritu le lleva cuatrocientos mil ochocientos veintinueve siglos, o algo así. No lo recuerdo bien. Le dicen Diego, pero yo sé que, en el fondo y de noche, se llama Alberto Simón y no es arequipeño, pero yo sé que, en el fondo y desde el Yanahuara, lo es y le gusta serlo. La pequeña Valdivia también es arequipeña pero no sé si le gusta serlo. Nunca le toqué ese tema ni tengo planes de hacerlo. Tocar cosas no es mi estilo. O las miro de lejitos y les sonrío, o no las miro ni les sonrío. A veces, dicha costumbre extraliteraria deja de ser extraliteraria y ya me ve Ud., honorable lector, repitiendo palabras por la incomodidad que me produciría entablar relaciones con nuevas palabras o, lo que sería aun más azaroso, con elipsis fácilmente tergiversables. Tampoco toco piano, pero eso no me evita desear querer hacerlo. Alberto Simón, que no es fácilmente arequipeño, dice que toca piano, pero yo sé que es un mentiroso y que así se va a quedar. La pequeña Valdivia, sin embargo, no se da cuenta de esto y lo quiere mucho y no piensa en una vida sin él. La pequeña Valdivia a veces llora sin motivo.

Yo escucho R.E.M. y sé que todos lloran y todos hieren alguna vez. Pero el amor de la pequeña Valdivia parece ser la excepción, y dice serlo, pero ya sabemos que no lo es. Hay que ser justos en este asunto llamado humanidad, y me ha costado pero he aprendido que todos somos la misma mierda, valemos lo mismo (si algo valemos) y podemos bailar desnudos en el fango si las circunstancias nos empujan a hacerlo. A la pequeña Valdivia le hacen falta, creo yo, unas dosis de R.E.M.

Es como una noche. Yo, yo recuerdo que ella me llamó toda triste y toda desde un teléfono para contarme la desastrosa cita que, horas antes, hubo tenido con Diego, alias Alberto Simón, con su mequetrefe. Yo la escuchaba deshacerse en elogios, subterfugios y divagaciones, todo con su casi obvia intención de no dejarlo como un patán, culpable de todo –a pesar de que lo era y lo sé. Que no le dio flores, pero sus estudios demandaban tanto sacrificio monetario; que no le dio besos, pero que qué caballero para respetarla de tal manera; que tuvieron frío y nadie dio calor, pero que el frío te hace fuerte. Ay, Valdivia. A veces, la pequeña Valdivia ríe y llora sin motivo de tal manera que no puedes encontrar la diferencia. Y yo, ay Valdivia, no digo que la haya. Pero chica como tú, tan enamoradamente perdida, no sé si debería ser premiada o reprendida.

Y es que es propio de estas nuevas tendencias, según dicen, hacer cosas locas. Mientras que las viejas generaciones -visto sea a mi parecer- reclaman sangre y arrepentimientos, las nuevas, las que se van acuñando en el seno grueso del silencio, reclaman originalidad, sorpresa y perdón incluso a precio del desencanto.

Yo soy propio de estas nuevas tendencias. Estas razas nuevas que, para demostrar, de una vez por todas, que calan bien en estos tiempos sagazmente violentos, posan desnudas, se digitalizan, se cambian el nombre, se lanzan a un cargo público, matan a un hombre o escriben cuentos sin final.

No sé si seas, no tan pequeña pero suficientemente pequeña Valdivia, propia de estas nuevas tendencias. Lo que yo sepa ya no me importa o ya no me gusta, porque sé, mi querida invidente, que ese hombre no vale la pena, y sé que tú tienes pena y otras cosas más que no sabría cómo expresar con palabras familiares.

Me doy cuenta ahora de que, a lo peor, no soy tan original. Porque, aunque luche contra el destino, el destino ha de ganar y –así es, honorable lector- este cuento tendrá final (¡Maktub! ¡Maktub, te digo!).

Y tú, pequeña pero incontenible Valdivia, encárgate, por favor, de que tenga el final más original, sorpresivo y misericordioso que se haya escrito nunca. Hagamos, así, del mundo un lugar mejor.

Me gusta imaginar que sí tendrás motivos para hacerlo.

Códigos de Barrio

Bang, bang, bang... Los sonidos de tres disparos hicieron que despertara del letargo en el que me encontraba, caminando, por los calurosos callejones del Rímac viejo. De inmediato e inconscientemente caminé hacia el lugar de donde el sonido de los disparos había venido, no era para menos, hace mucho tiempo que no se escuchaban disparos por esas calles, tres años para ser exactos.

A pesar de que me había prometido a mi mismo no caer en ese mundo de violencia, otra vez, había algo dentro de mí que me impulsaba a buscar esos peligros, talvez la mentalidad de barrio que aún arrastro o simple curiosidad, no lo sé.

Lo concreto fue que fui acercándome cada vez más hacia ese callejón, ya casi había llegado cuando comencé a ver los rostros de sorpresa e indignación de la gente que pasaba por allí, rostros de gente que no comprendía cómo puede haber gente tan salvaje como para matar a otros a sangre fría, sin ningún tipo de escrúpulos y razones aparentemente absurdas. Y no los culpo, en realidad se tiene que vivir en ese mundo, o al menos conocerlo por dentro, para poder entenderlo.

Entender que esas personas no eligieron nacer allí, que ellos no es que quieran ser así, es sólo que la mayoría de veces no conocen otra forma de vivir, y no conocen más leyes que los códigos de barrio que se manejan desde hace muchísimo tiempo, desde antes que ellos nacieron, de antes que sus padres lo hagan, y de antes incluso de que alguno de sus antepasados lo haya notado.

Una vez que llegué al lugar de los hechos contemplé una imagen que nunca podré borrar de mi mente, y que aún ronda en mis sueños, o pesadillas si le quiere llamar así: la del Piezas muerto de tres certeros plomazos a la cabeza, clavícula y abdomen.

Habían escrito con aerosol-los asesinos- sobre su cadáver la siguiente frase: "Piezas la traición no se olvida ni se perdona".

Debo confesar que al Piezas muchos en el barrio lo veíamos, de niños, como un ejemplo a seguir, como ese "puntero" conocido y respetado por todos, el que siempre nos defendía ante cualquier abuso, el que una vez casi mata a golpes a un vendedor de droga sin escrúpulos, al que nunca le faltaban jermas (o al menos eso aparentaba, en el fondo era más pisado que baba de caracol) y alguien en quien podías confiar nunca te robaría siendo de tu mismo barrio.

Pero allí yacía, muerto, olvidado como un perro carachoso, atrás habían quedado sus épocas de respeto y admiración, ahora era sólo un cadáver condenado al olvido, una lacra tan grande que los mismos delincuentes, esos a los que la sociedad llama "desadaptados", lo despreciaban, no era más que un traidor, o al menos eso es lo que todos creen.

La verdad de lo que sucedió hace tres años(*) fue otra, una situación paradójica de los códigos, en la que el Piezas se vio obligado a actuar como traidor para no dejar que otro traidor quede como tal frente a los demás, una situación que muchos considerarían absurda, pero que viéndola desde los ojos de una persona natural de barrio tendría mucho sentido.

Yacía con una aparente sonrisa en el rostro, sonrisa de alguien que sabe que murió en su ley, y por consecuencia de sus propias acciones; con una extraña satisfacción de haber muerto con honor, a pesar de ser un simple traidor, al morir de esa forma sus asesinos le devolvieron algo de su dignidad de barrio.

"Hablamos, Piezas" dije mientras emprendía el camino de retorno a casa, había en esa sonrisa algo más que interpreté, o al menos deseo interpretar: el sentido de que el Piezas no quería esa vida de barrio para todos que él quería que tengamos un futuro mejor.

En fin, faltaban aún siete días para el examen de admisión y había, en el mundo de los libros, muchas cosas que aprender, cosas que sin embargo nunca me harán olvidar las lecciones de barrio, esas lecciones de honor y dignidad, lecciones escritas con tinta indeleble e invisible en el alma y el corazón, al parecer nunca podré olvidar los códigos de barrio.

(*) Acerca de los hechos que sucedieron hace tres años... Es una historia muy grande y complicada que talvez escriba luego, pero en otro relato.

miércoles, 21 de julio de 2010

Hay noches, cisne.


Hay noches en que
la Noche es más larga,
más chicle.

Con un helado destello a tus ojos embisto
en besos y de ellos arranco una pluma
para questos senderos sangrados por bruma,
reparen en mi ardid el futuro previsto.

Con un beso cualquiera, he perdido la calma
helado, de noche, en tus ojos, hundido;
y en tu sonrisa de cisne parezco, a veces, perdido,
porque el verte de a pocos fragmenta mi alma.

Verte así, verte, y solo verte,
hace de las noches un ente distinto:
luego, con un hambre de sed, en tu sentir pinto
una lengua de fuego, dorada y tan fuerte

que la siento aquí, calentándome un costado,
derritiendo en amores nuestro único helado;
y al centro de su rumor te veo de nuevo, como reflejo de luz,
y quiero TANTO besarte esa mano de sonrisa, pero desgracia:
¡llegó el bus!

Hay noches en que
la Noche es más larga,
más chicle,
más de miedo en saber qué decir.




lunes, 19 de julio de 2010

Como decirte



El corazón me palpita
mi ser de desangra
mi alma se agita...
no te lo puedo decir
este corazón roto, aun no se ha acabado de zurcir y
no estoy listo para de nuevo sufrir

Te veo y me dan ganas de decírtelo,
te veo pero no me atrevo
como puedo yo quitar de esos ojos lindos el velo
como puede mi corazón decirte que no,
si mi alma dice que sí...

Te volví a ver



Hoy te vi, otra vez
con tu eterna sonrisa
Esa sonrisa melancólica, tan triste,
que algo debe ocultar

Algo me decía
que hoy te vería
¡Pero quién diría
que tanto me dolería...!

¡Ay, dolor,
pena intensa del alma!
¿Quién hubiera dicho
que tan mal me tratarías?

Te vi allá, a lo lejos,
esperando quién sabe qué
y mi corazón se aceleró
esperando tu reacción

¿Por qué a mí? me pregunté
lo hiciste tú también
Nos miramos fijamente
Tú pensando "¿Qué más da?"

Me acerqué, por cortesía,
al lugar donde tú estabas
Saludaste fríamente
al igual que la última vez...

Hablamos brevemente,
y fuiste muy tajante
"¿No es ese tu carro?"
Me dijiste, botándome

Me alejé a continuación
y decidí no quedarme más
pues, si lo hacía,
con él te vería

¡Aquel infausto animal
que me quitó el corazón!
De nada tiene la culpa,
y tiene la culpa de todo

Hoy te vi, otra vez
¡Después de tanto tiempo...!
Y ojalá no lo vuelva a hacer
sino hasta dentro de mucho...

[Nota: La canción la pongo, precisamente, porque me hace acordar a ella. Es una de sus favoritas.]

viernes, 16 de julio de 2010

El Eugenio Tripas.

"Temer al amor es temer a la vida, y los que temen a la vida ya están medio muertos".

Bertrand Russell.

Eugenio Tripas le cantaba canciones a su esposa. O eso me contaron. Me contaron que Eugenio Tripas, los jueves por la noche, cuando el frío dejaba de serlo para convertirse en hambre, le cantaba, con su vocecita toda ronca, a su Esther, esas canciones casi country, esas de estribillo veloz y vivaracho, en reemplazo, seguramente, de la carne que vendría a la quincena. Esther le sonreía como pan en el horno.

Eugenio Tripas –o eso me contaron- le cantaba canciones a su esposa los jueves por la noche fría y hambrienta. Y me contaron también que Esther tenía mantas gruesas y una afición por los perritos abandonados. Esther era hermosa; Eugenio, viejo. Eran tiempos arrugados para todos.

Octubre pendía, asustado, en el altarcito de Eugenio Tripas. Hace unos meses que octubre seguía, con demasiado miedo y culpa para largarse. Hace unos meses que el tiempo se había detenido y que Eugenio Tripas cantaba la misma canción. Hace unos meses que un grito recorría la cabaña.

Eugenio Tripas sabía, por ese tiempo congelado, que nadie podía siempre obtener lo que quisiese. E, incluso si lo conseguía, sería un triunfo momentáneo. Eugenio Tripas entendía la filosofía del perder. Eugenio Tripas, con sus pocos dientes, era un sabio del dolor más fuerte.

La cabaña de Eugenio Tripas era un hotel de espectros. Sombras iban y venían y escuchaban música casi country. Nunca Eugenio Tripas dormía solo. Pero quién entiende los misterios de la soledad. En esa cabaña, en ese octubre, lo que Eugenio respiraba era el hálito de otros. Esther, entre esos otros, de noche, mecía su hambre y frío con ternura mortuoria.

A Eugenio, el corazón constantemente se le escapaba. Se le iba a veces y no volvía en quincenas. Una vez –según me contaron-, Esther lo encontró en el bosque, mordido y lloroso. Esther trajo a casa un espejo. Esther entendía la filosofía del amor más puro. Eugenio Tripas, al ver a Esther con el herido en brazos, se echó a reír, y abofeteó a su esposa. “Nena… ¡Que no hay carne pa’ tantas bocas!”.

¿Por qué se me paró el octubre? ¿Por qué la lluvia ya no cae, sino que se estanca en ventanas rotas?

En silencio, antes del quiebre, Eugenio Tripas se sentaba a charlar con su corazón abatido y mochilero. Este le contaba sus viajes por Oriente, sus encuentros con famosos, la vida más allá de la cabaña. Le contaba del misticismo incaico, de la bohemia parisina, de los hombres muertos y de los africanos por morir. Eugenio Tripas lloraba con el relato y le acariciaba. Su corazón, solo entonces, se callaba y esperaba la ronda de preguntas y el reproche: que por qué te vas sin avisar, que por qué eres tan pendenciero, que y si te matan, que qué hubiera sido de ti si Esther no te encontraba, que algún día tendrías que devolverle el favor. Que algún día tendrías que devolverle el favor. Que algún día le devolverás el favor.

Eugenio Tripas, cuando tiene hambre, compone la misma canción para Esthercita. Luego, baja y se la canta con alegría inerte. Luego, baja y se la canta como quien reza en un velorio. Luego todo el mundo baja y sube sin saberlo, impulsados por su tristísima metafísica, como las sombras que son.

Eugenio Tripas y Esther de Tripas no siempre habían vivido en una cabaña. Ellos, ellos no siempre habían tenido hambre. Ellos eran irlandeses. Ellos venían de buena familia. De pequeño, en matemáticas, Eugenito Tripas se sacaba puros veintes. La madre de Esther le recordaba siempre lo bellísima que sería cuando Primera Dama. Eugenio Tripas había prometido, en la cuarta cita, el mundo a Esthercita y más que el mundo. Eugenio Tripas, however, nunca indicó que el mundo sería una cabaña sucia y un par de úlceras recalcitrantes. Esthercita siempre nunca dejó de verse hermosa. La cabaña, cuando menos, nunca dejó de ser dulce. La quincena -aunque a veces no- siempre llegaba. Ellos eran irlandeses de buena familia. Ellos lo tenían todo a su manera. Esther tenía un Eugenio; Eugenio, una Esther. Y la cabaña tenía sus espíritus y su aventurero. Eugenio Tripas y Esther de Tripas no siempre habían vivido en una cabaña. Antes, habían parado de refugio en refugio buscando un dulce hogar en donde pudieran, con más ternura, engañar al hambre y al frío.

La noche antes del incendio, Eugenio Tripas había ido por primera vez a Misa. Cuando volvió, fuego, fuego, fuego. Tanto fuego como amor, Eugenio Tripas se internó en el infierno buscando a Esthercita. Las llamas. Ni las llamas más candentes pueden quemar a un cuerpo sin alma ya. Oye, fuego, soy yo, Eugenio Tripas, y te exijo que liberes a mi amada. Pero el fuego no le prestaba atención. Ah, Eugenio, está caliente. Sálvame. Sálvame te lo ruego, porque yo ya no siento mi rostro. Algo me corroe estas manos que buscan las tuyas con tanta vehemencia. Deja que el humo que desprenden mis ojos te encuentre, para verte por última vez y decirte que siempre fui feliz a tu lado. Ah, Eugenio, veo cenizas donde deberían estar mis piernas. ¿Qué está pasando, Eugenito? ¿Y por qué no vienes tú? Entiendo que ya es muy tarde. Mira, que mi boca está en el suelo, quemada. Hace calor por fin aquí dentro, mi vida. Tanto calor que apenas me siento viva. Eugenito, Eugenito, cuánto me hubiera gustado un pequeño, con mis cabellos y tu apellido, para que, contigo, animara las noches sin comida. Pero ya es tarde. Ya no queda piel de mí ni nada. Pero yo sé, picarón, que me seguirás cantando esas cancioncitas cursi solo para coquetearme. No temas hacerlo, Eugenio. Cuando Eugenio Tripas llegó a la mecedora, fuego, fuego, fuego y cenizas. Fuego. Solo hay fuego aquí, carajo.

Es una vida de mierda, Eugenito. Y tú le sigues cantando al vacío con tu vejiga llena. Sabes que ningún bombero vino, sabes que la misma lluvia lo apagó todo y se quedó allí para recordarte su hazaña. Sabes que nada dura, solo aquel octubre, y que todo, de una manera, se pudre antes de florecer. ¿Por qué, pues, sigues cabalgando el potro sangriento que es la realidad? Lánzate y deja que el suelo parta tu cráneo para que lo olvides todo. ¡Lánzate y renuncia, viejo imbécil!

Pero te entiendo, Eugenio Tripas. A Esther no le gustaría eso. Eres todo un picarón. O eso me dijeron.

Soñando una relación

Él seguía caminando por ese túnel oscuro persiguiendo un resplandor tenue que se supone estaría al final. El túnel olía mal, era como estar en las alcantarillas. Hasta pensó estar en una. Estaba totalmente oscuro, avanzaba con cuidado con las manos adelante por si había un obstáculo. Tenía miedo de tropezarse, escuchaba caer gotas de agua, pero el piso estaba seco, no sabía de donde venía, empezó a agitarse y su corazón quería saltar, no aguantó más y corrió con todo lo que pudo, persiguiendo ese resplandor, esa esperanza de salir de esa soledad maldita que lo tenía atrapado desde hace ya mucho tiempo. Estaba harto de la oscuridad, del mal olor y de ese maldito ruido de las gotas. Corrió y corrió por mucho tiempo, sin darse cuenta que por miedo había cerrado los ojos, era un ciego en una oscuridad plena, corriendo hacia delante, el miedo desapareció, solo la adrenalina estaba presente… De pronto abrió los ojos por voluntad y ahora podía ver el final del túnel. Se detuvo, no podía ver bien debido a que le dolían los ojos. Con una mano sobre ellos salió despacio.
Lo que vio fue algo sorprendente. Estaba en un bosque de neblina espesa y alumbrado por la luna. El resplandor que veía cuando estaba dentro de la cueva, ahora sabía que era una cueva, era al parecer dos antorchas juntas que estaban a la parte izquierda de la entrada.
No tenía nada que perder, así que continuó por el bosque, moviendo hierbas, plantas y ramas. Ahora caminaba con mayor temor. En la cueva estaba solo y a oscuras, pero seguro. Solo tenía miedo a lo que vendría luego, aunque sabía que nadie ni nada se metería a un lugar como ese así que su seguridad estaba garantizada. Ahora la situación había cambiado, estaba a la intemperie, corría riesgos cada segundo que pasaba, podía dejar de existir ahora, mañana o en esta semana. El miedo a lo desconocido ya no era tal, ahora era miedo a ser herido, a ser lastimado, a morir en este lugar, pero aún estaba solo, nada perdía si intentaba avanzar más, quién sabe lo que podría encontrar.
El bosque estaba oscuro, pero se notaba bultos y otras cosas más. Dicen que la vista se agudiza en la oscuridad, la de él se agudizó por necesidad. Se escuchaba el cántico de una lechuza que perturbaba la mente, se escuchaban sonidos de animales salvajes buscando presas y los vanos intentos de las presas por no ser atrapadas, pero el seguía a través del bosque.
La neblina se tornaba más espesa conforme avanzaba, avanzaba con calma hasta que escuchó el gruñido de un lobo, pudo ver su silueta a pesar de la niebla; tranquilo, cambió de rumbo. Más adelante vio unos cuervos en las ramas de un árbol “mal presagio”, pensó.
Parece que cambiar de rumbo sirvió de algo ya que la neblina se iba disipando. Llegó a un lugar tranquilo y sin tanta niebla, había una fogata encendida y al lado estaba una chica de cabello totalmente negro sentada en una piedra de espaldas a él.
Él exclamó: “Te encontré, sabía que la luz que me sacó de la cueva no era la antorcha, fuiste tú”, siguió avanzando, inconcientemente toda la travesía fue por encontrarla a ella, ¿valió la pena toda la angustia y el miedo? Tal vez sí.
Cuando se acercaba, la chica se paró y estaba a punto de voltearse, le vería el rostro, de pronto empezó a sonar una canción de post-punk…
Estaba en su habitación, de su departamento cuando se despertó, su celular estaba sonando. A su lado se encontraba una chica desnuda tapada solo por una sábana y en el suelo la ropa de ambos se encontraba mezclada. “¿Valió la pena?”, pensó. Rápidamente cogió el celular y lo apagó. Volteó, la miró a ella y dijo “Sí, valió la pena”.

jueves, 15 de julio de 2010

Presentación

Bueno, para empezar este blog fue creado por alumnos de la Base 2010 de Derecho y Ciencia Política de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos con el fin de publicar uno que otra obra literaria, tambien artículos de nosotros mismos. Creo que a más de uno que estudia derecho le gusta escribir literatura. Para saciar esas ganas se creo este blog.
Sin nada más que decir, a escribir.