Al contemplar la devastación en que se hallaban las esperanzas que tenía por alcanzar mis grandes ilusiones, escribo esto.
¿Es justo que en un día se pueda tirar por la borda diez meses de espera paciente? No, es completamente injusto. Casi tanto como la negativa del destino a devolverle la confianza depositada a una persona –a la sazón– muy especial para mi.
Era agradable encontrarnos en el parque... No es cierto, solo una vez lo fue; las otras dos salidas fueron fingidas por ambos, los dos heridos y con una desconfianza que crecia desmesuradamente... hasta que no dio para más y ocurrió lo que tenía que ocurrir: En una aciaga tarde lluviosa, yo terminé solo.
Lo he pensado tantas veces, cuantas horas de vigilia he gastado frente a un cuaderno y lapiz en buscar una causa coherente al desastre. ¿Con que intenciones pudo ir a denunciarme ante ella alguien con quien tarde o temprano habría un enfrentamiento? Él ganó, y yo perdí todo lo alcanzado. Mis ilusiones tuvieron un remezón eterno que concluyó con su destrucción.
Ahora para ella yo tan solo soy un cadaver, un cadaver al cual no se le habla ni contesta, solo se le mira con desprecio.
Cuantos esfuerzos hice yo para revertir esta situación, todo lo que estaba a mi alcance y más inverti en que al menos ella vuelva a confiar en mí. No accedió al pedido, casi suplicandole una respuesta me la dio tácitamente: no gracias.
Si bien las posibilidades de que todo vaya bien para mi cortejan con el cero por ciento, no iba a aceptar mi derrota, ni ahora ni cuando se ponga peor.
Aveces pasa...
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