LA PEQUEÑA VALDIVIA.
A Diana Giselle Valdivia Gonzales, porque yo no sé el porqué esta historia, pero espero que nunca pase de un par de paginillas. Y a Nina Li y a Ivana Li, porque sin ellas ya no hay literatura y porque se reirán de esta seriedad innecesaria. Y a todos los cegados del amor, como muestra de mi más sentido pésame.
“Love loves to love love”.
James Joyce, Ulysses
***
Hay gente que colecciona estampas. Hay gente que vive del campo y que al campo regresa hecha abono como para agradecerle o yo no sé. Hay gente linda que se fija en lo simple, y daría la vida por lo simple, porque encuentra en lo simple la llave clave para vivir. Hay gente bella que cocina para ser feliz porque le gusta comer, le gusta cocinar, y le gusta ser feliz. Hay gente que es gente solo de palabra. Hay gente que es gente solo de letra. Y hay gente que no es gente.
Entre esas gentes -malas y buenas, chúcaras y corajudas, bravías y de etiqueta-, hallamos a la pequeña Valdivia riendo sin motivo. Ella se está toda quieta, apretujándose los labios con las manos como si reír fuese algo prohibido. Nadie sabe qué le causa tanta dicha y, diciendo la verdad, es cosa que a pocos le interesa. Pero ella ríe y de eso trata la historia. A por ella.
La pequeña Valdivia, si bien es pequeña, no es tan pequeña como digo. Ya se lleva un poco menos de quinto de siglo pero se ríe sin motivo y de allí entonces que se le crea tan pequeña como (no) es. La no tan pequeña Valdivia está enamorada de un viejo que, si no es por lástima, no sé por qué la próstata no se le malogra. Le lleva no más de tres años, pero su espíritu le lleva cuatrocientos mil ochocientos veintinueve siglos, o algo así. No lo recuerdo bien. Le dicen Diego, pero yo sé que, en el fondo y de noche, se llama Alberto Simón y no es arequipeño, pero yo sé que, en el fondo y desde el Yanahuara, lo es y le gusta serlo. La pequeña Valdivia también es arequipeña pero no sé si le gusta serlo. Nunca le toqué ese tema ni tengo planes de hacerlo. Tocar cosas no es mi estilo. O las miro de lejitos y les sonrío, o no las miro ni les sonrío. A veces, dicha costumbre extraliteraria deja de ser extraliteraria y ya me ve Ud., honorable lector, repitiendo palabras por la incomodidad que me produciría entablar relaciones con nuevas palabras o, lo que sería aun más azaroso, con elipsis fácilmente tergiversables. Tampoco toco piano, pero eso no me evita desear querer hacerlo. Alberto Simón, que no es fácilmente arequipeño, dice que toca piano, pero yo sé que es un mentiroso y que así se va a quedar. La pequeña Valdivia, sin embargo, no se da cuenta de esto y lo quiere mucho y no piensa en una vida sin él. La pequeña Valdivia a veces llora sin motivo.
Yo escucho R.E.M. y sé que todos lloran y todos hieren alguna vez. Pero el amor de la pequeña Valdivia parece ser la excepción, y dice serlo, pero ya sabemos que no lo es. Hay que ser justos en este asunto llamado humanidad, y me ha costado pero he aprendido que todos somos la misma mierda, valemos lo mismo (si algo valemos) y podemos bailar desnudos en el fango si las circunstancias nos empujan a hacerlo. A la pequeña Valdivia le hacen falta, creo yo, unas dosis de R.E.M.
Es como una noche. Yo, yo recuerdo que ella me llamó toda triste y toda desde un teléfono para contarme la desastrosa cita que, horas antes, hubo tenido con Diego, alias Alberto Simón, con su mequetrefe. Yo la escuchaba deshacerse en elogios, subterfugios y divagaciones, todo con su casi obvia intención de no dejarlo como un patán, culpable de todo –a pesar de que lo era y lo sé. Que no le dio flores, pero sus estudios demandaban tanto sacrificio monetario; que no le dio besos, pero que qué caballero para respetarla de tal manera; que tuvieron frío y nadie dio calor, pero que el frío te hace fuerte. Ay, Valdivia. A veces, la pequeña Valdivia ríe y llora sin motivo de tal manera que no puedes encontrar la diferencia. Y yo, ay Valdivia, no digo que la haya. Pero chica como tú, tan enamoradamente perdida, no sé si debería ser premiada o reprendida.
Y es que es propio de estas nuevas tendencias, según dicen, hacer cosas locas. Mientras que las viejas generaciones -visto sea a mi parecer- reclaman sangre y arrepentimientos, las nuevas, las que se van acuñando en el seno grueso del silencio, reclaman originalidad, sorpresa y perdón incluso a precio del desencanto.
Yo soy propio de estas nuevas tendencias. Estas razas nuevas que, para demostrar, de una vez por todas, que calan bien en estos tiempos sagazmente violentos, posan desnudas, se digitalizan, se cambian el nombre, se lanzan a un cargo público, matan a un hombre o escriben cuentos sin final.
No sé si seas, no tan pequeña pero suficientemente pequeña Valdivia, propia de estas nuevas tendencias. Lo que yo sepa ya no me importa o ya no me gusta, porque sé, mi querida invidente, que ese hombre no vale la pena, y sé que tú tienes pena y otras cosas más que no sabría cómo expresar con palabras familiares.
Me doy cuenta ahora de que, a lo peor, no soy tan original. Porque, aunque luche contra el destino, el destino ha de ganar y –así es, honorable lector- este cuento tendrá final (¡Maktub! ¡Maktub, te digo!).
Y tú, pequeña pero incontenible Valdivia, encárgate, por favor, de que tenga el final más original, sorpresivo y misericordioso que se haya escrito nunca. Hagamos, así, del mundo un lugar mejor.
Me gusta imaginar que sí tendrás motivos para hacerlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario