Y el hijo postrero:
-Oiga madre, oiga los sollozos de su hija distante.Y la madre rota:
-¿Distante?
Agita la cabeza ciega.
-¿Distante?-repite.
Pero era ya algo tácito.
La cama, blanca y arrugada como la leche en otoño...
-Hijita, ¿te nos vas?
Sin respuesta.
-Hermanita, no te vayas.
Respuesta en clave de tos.
-Hijita, no te vayas.
Hay un momento de interesante apatía.
Vuelves con tos en verso.
-Yo creo que tú viviras siempre. Has escrito cosas hermosas.
-Eso la ha matado, José. ¿O es que no me entiendes?
La muerta:
-No mamita. No me llore y no diga eso, mis versos son buenos, blancos, sencillitos como siempre quise... No me llore, por favor.
La madre, que no comprende, sale del cuarto con el pañuelo empapado de mar humano y quejumbroso. Hay una triste y tercera tos acariciando su espalda.
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