Cada nota simboliza el inicio de una enfermedad en los músicos, con cada letra muere un escritor... y vive, porque desea vivir así. Y vive, porque a veces no hay otra salida. Mi vida fue tan solo un folio.
Llego al puente, al famoso puente que me permitirá gozar acaso de una vida mejor y más eterna. Y mis versos, que fueron blancos, sencillitos como a mí me gustaban, morirán en el intento de cruzarlo. O lloro, o callo, o verso las últimas horas del pasajero de incalculables dimensiones y asegurado arribo. Hoy yo, que muero, descubro que nunca fui poetisa, mamá. El Grande me envió a cumplir algo que siempre supe malentendido, algo que nunca concebí como importante... Y fue. Todo está ya muerto y en la gleba ha de terminar el sendero lírico que intenté parir. No me delaten, lo que escribí se encargará de hacerlo. Estoy condenada a vivir una eternidad porque mis versos, que blancos y sencillitos fueron, como adoraba hacerlos, serán recordados, mas yo no quiero. Mis manos, que probablemente estarán tiesas, sentirán incluso cuando muertas la caricia hipócrita del reconocimiento de las masas. Nunca debívanguardear tanto. Nunca debí beber el néctar de la pericia, ni saborear el poder de no cumplir con lo establecido. No todos somos humanos. ¡Olviden, familia, a Catalina López! ¡Yo no soy quien se merece tanto! Yo he muerto. Yo no merezco tanto. Yo sí soy humana. Yo soy yo, basta con eso.
Siento, muy dentro de mí, quemando, la violencia del tiempo, las garras de aceptar mi destino adverso. Siento, muy dentro de mí, el porqué... veo cómo pelea con las demás incógnitas. Veo la ecuación de mi vida... ¡Está resulta, qué tristeza! ¡Qué apatía! ¡Qué muerte tan frustrada!
Mamá, no permitas que más Catalinas vean la luz del mundo. No permitas que la imagen que venderán de mis versos se contamine con otras que verán de quien los escribió cuando estaba muerta. No permitas que muera de nuevo, que la eternidad se come una muerte y, de poco en poco, reviva de una manera tan distinta, que a lo mejor mis versos no me gustasen. ¡Mamá, hermano, siento que me voy! ¡Siento irme! ¡Siento tanto no poder decir más! ¡Me calla el Cielo y retrocedo ante su puerta! ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! ¡Alguien que me auxilie! ¡Recuerden que nunca fui poetisa! ¡Dios me libre del poema! ¡Yo quise ser humana!
Como todas las cosas en la vida, el final tocó a la agonizante y, juntos, formaron una especie de estrofa continua, que llenó, por algunos segundos, de seguridad y regocijo a sus dos familiares presentes; luego, la realidad vuelve en galope y termina la escena con un inoportuno: "¿Habrá muerto, mamita?" por parte de José.
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