La hermana, que no vive y vive, tiende sus ojos en el iris fraterno.
-José... José...
Tos y tos de nuevo.
-... cúidemela, hermanito. Cúidemela mucho.
El hermano, humeante en dudas, roza ligeramente la mano de la enferma.
-Catalina... No se preocupe y quédesenos un tantito más.
Llamarada, luz y el sol la abraza. Dejan de ser un momento, luego... luego retornan al estanque.
-Los versos me llaman, pues tú sabes bien que yo viví por ellos.
La mano, que ya se agazapa con temor a lo inevitable, permite sabernos el misterio de la ausente.
-Ya es hora de que ellos vivan por ti.
La revelada intención de la madre se torna expresa al entrar, aún húmeda, al cuarto con una hoja totalmente arrugada. Un poema... Un poema en vilo.
-Madrecita... No le haga esto a su hija.
La casi madre vacila. Tras una ligera pausa y un segundo momento de apatía paralela, nace de nuevo:
-No, José. Ya basta de estas cosas.
Y la verdadera mujer:
-Veo que...
Tos y tos de nuevo.
-... ya me dejó de llorar, mamita.
Y, en efecto, yacía el pañuelo en el suelo. No lo soportó, hizo lo correcto al escapar. La materia, que ahora estaba en su contra, había también desnudado cruel y rápidamente a la mujer contemporánea y, sobretodo, a la madre de los hijos dolidos.
-Dime dónde están todos los demás, Catalina.
-Mamita, por favor. Evíteme este sufrimiento. Yo la quiero mucho...
-¡¿Dónde están?!
Tos y tos aguda.
-Mamá...-susurra entonces el hermano que observa todo, con el alma de escarapela, desde un rincón del cuadro adverso.
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